domingo, 24 de octubre de 2010

Cu y ni y lin y gus


Miren, como les supongo más que enterados del cisco que se ha montado con los comentarios del alcalde de Valladolid sobre la ministra Pajín, no abundaré en el tema. Ya está. Si es que lo han dicho todo. Lo que tengo que confesar, porque me da la gana, naturellement, es que he hallado una variable en mis neuras. Asómbrense si creían que no era posible.
Cuando leí la noticia y descubrí la profesión del ínclito, me volví a preguntar qué tendrá la medicina para que la abandonen tantos en pos de la política, pero no contenta con esa profunda irreflexión, me imaginé al ginecólogo atisbando entre tan ilustres entrepiernas y me empecé a poner burraca, y eso que el ínclito no entra en los parámetros estético secuales que me hacen perder la escasa razón que me adorna. Total, que te pasas media vida preguntándote por lo que le transitará por la mente al que te inspecciona la joya de la familia y, mira tú por donde, es lo que te imaginas. Pues hala. Ni corta ni perezosa llamé al colegio de médicos de Valladolid para interesarme por la consulta de ese ilustre profesional y pedir cita. Mi decepción no tenía límites cuando me dijeron no sé qué de la incompatibilidad del cargo y otras zarandajas. Yo le dije a la telefonista: mire, lo que quiero es que valore en su justa medida mis labios: los mayores, los menores y los de la boca, y cuando estemos en plena revisión, zas, pillarle la cabeza con los muslámenes y exigirle una inspección a fondo. Así se lo solté. Con claridad meridiana. Me colgó después de decir algo que no quise entender. Soy muy selectiva en lo que entra por mis oídos. En resumen, que se lo resuman ustedes mismos, que ya me han entendido. ¿O no?. Porque, a ver, los tíos no dicen aquello de chúpame... y tal cual, ¿por qué pues, en aras de la igualdad, no podemos decir nosotras lo mismo?.
¡Qué ordinaria! <;)

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