Oímos girar la tapa de la mirilla sin obtener respuesta, así que insistimos aporreando el timbre con la delicadeza que nos caracteriza. Al fin, antes de que se quemara, abrió la puerta y asomó su carita de arpia por la rendija. ¡Tieta!, exclamé con la mejor de mis falsas sonrisas. Qué se os ha perdido por aquí? fue su amable respuesta. Ay Tieta estábamos preocupados por ti y ya que no contestabas al teléfono, no nos ha quedado mas remedio que venir a ver si estabas bien. Cinco horas de autobus y desasosiego; ¿nos dejas entrar?, es que me vengo meando.
- Si no hay mas remedio; pero os podiais haber ahorrado el viaje, y si habeis pensado en quedaros a celebrar la Navidad, vais dados. No hay turrón en esta casa.
En mi apresurada carrera hacia el retrete, vi en la pared del pasillo un teléfono nuevo colgando de la pared. Era moderno y tenía pantalla.
- ¿Has cambiado el aparato?, pregunté interesada, mientras hacía equilibrios sobre la taza.
- Me lo cambió un indio de la tienda de abajo. El otro cachivache la diñó y la telefónica me quería poner televisión, internet y no sé qué más. ¡A tomar por el bul! Hablé con Abdul y tan pancha. Me hizo el cambio y ahora viene a telefonear a su país la sudamericana de enfrente y no pago un duro; tuve que cortar el rollo porque se hacía cola en la escalera para llamar y me amenazaron los del locutorio de enfrente, que por mí, ya que les mangan el dinero en viajes que no viajan, al menos que casquen gratis. Que aprendan los empresarios. Además veo quién me llama y si me da la gana no contesto, ¿te has enterado?.
Nunca olvidaré ese emotivo momento, ahí perdí definitivamente el equilibrio y me senté. El pánico alcanzó cotas indescriptibles cuando vi que no había papel y tuve que hacer uso de mi último kleenez de imitación. No crean que no olvido por el desaire, no, es por los granitos que desde entonces me acompañan en el pliegue del muslo y que no consigo eliminar con cremas varias. Todo sea por el espíritu navideño.
Tieta, la dije cariñosa, si sigues así vendrán los de malestar social y te querrán llevar a un albergue de indigentes.
Que vengan, contestó bravucona, anda que no tienen tajo aquí en el Raval. Y soltó una frase en catalá que prefiero no transcribir ni traducir, no vaya a ser que los de malestar se molesten en sus horas de trabajo en que navegan por internet. Salut compañeros. Lo de compañeros es por lo de la atención a los mayores.
En fin, que nos hemos pasado las nadals en mi Barcelona del alma apoyando y a costa de la tieta y maldurmiendo en ese catre que ella llama camita auxiliar con orientación feng shui, o sea en diagonal, que se caía la almohada en cuanto respirabas. Nada como la familia.
Y qué bonita estaba la ciutat. Se nos ponía cara de bobos al ver la iluminación de la Rambla, que nos decía la tieta: sembleu tontos del cul, que en el vostre poble no posen llums?.
Yo les invito a hacer comprender a una octogenaria la política local y sus criterios decorativos. Se partía de la risa cuando le contaba lo del Paseo Sarasate y los 4 arbolitos iluminados en el camino a ese centro comercial que abrirá sus puertas el domingo día 3. Ya me dijo: hija cómo has cambiado y qué moderada estás, casi no te conozco. ¿Te acuerdas cuando venías a la salida del Liceo con el "Manifiesto Comunista" debajo del brazo a escandalizar a los burgueses que salían de la ópera?
Sí tieta, la contesté, pero se me empezó a pasar cuando una de aquellas señoras con abrigo de piel me dijo por lo bajinis que si no me quería socializar a su sobrina, que la tenía harta.
En fin, que ya hemos vuelto al hogar dulce, de protección oficial, hogar, no sin antes dejarle bien limpito el trono a la Reina. Al menos la hemos apartado un poco de la programación televisiva, aunque, como dice ella, es la mejor del año. Se lo pasa pipa viendo los anuncios de cosmética masculina. ¡Qué hombres, hija!, dice en su sofá. ¿A quién habré salido?.
¡Que sean ustedes felices!
miércoles, 30 de diciembre de 2009
Feliç any 2010
jueves, 17 de diciembre de 2009
Desformación académica

Lo contaré: Con su carita angelical se defendió inutilmente. "No es necesario, te lo juro, no ha habido motivo", pero yo estaba dispuesta a todo y su error fué resistirse. Esgrimí el peine eléctrico y le asesté una descarga que le ha dejado convaleciente. No entraré en detalles sanguinolentos. En mi descargo diré que no tengo buen pulso. Errar es humano. Dejémosolo así, porque hay otras causas que desequilibran mi inestabilidad mental. A ver, como pacienta ¿podría exigir que en la consulta ginecológica se exhibieran los títulos de la personita que se asoma a tu entrepierna?. Lo digo porque me inquieta esa libertad formativa que se atribuye, por ejemplo, la Universidad de Navarra, que dice que no piensa formar a sus alumnos de medicina en abortos y técnicas similares. Pónganse en nuestra situación: despatarrada en la camilla, con alguien que acabas de conocer hurgándote los entresijos, levantas la vista a la pared y descubres que cursó la especialidad en un centro que no considera ético formarle en chichilandia y que te está explorando con las gafas de sol puestas y apunto de vomitarte en la joya de la familia, ese lugar pecaminoso. ¿Tengo derecho, o no, a soltarle una patada en los morros y alegar pánico incontenible?. A ver Erenchun, tú que opinas. Pues en esas estamos, que no sabemos lo que sabe la sapiente persona que tienes entre las patas y con qué nivel de ignorancia se sacó el cum laude.
Yo se lo explico al de la regulación, postrado en la cama mientras le aplico tintura yodada en las heridas de guerra: Mi amor, hazte una idea. Os pasais la vida temiendo la exploración de próstata y no tiene punto de comparación. Si no hace falta irse por ahí para protestar, con lo que tenemos en esta tierra, que es la monda, que vas a la farmacia a comprar dentífrico y te dicen que tienen objeción de conciencia dental, que no hubieras comido golosinas y te aguantes la caries, pero que tienen una crema con colágeno que va ideal para los labios y así no se notará que te faltan los piños. A lo que hemos llegado.
Así que me he dado a la lectura. Observé un tumulto en la puerta de la tienda de revistas y me dije: "pelea, pelea", y me eché a la calle dispuesta a sacar la rabia que no me deja engordar. ¿Saben lo que pasaba?, que había salido a la venta la revista con las fotos de Belén Esteban y su reconstrucción napial, o facial, y había bofetadas por ver el resultado. Cuando me asomé por encima del hombro de una señora muy bajita que tenía un ejemplar, no pude contenerme y exclamé: "Pero si es la Rociíto", se armó la marimorena. Que si no, que si sí, que esa napia la quiero para mí. Vean, comparen y díganme si tengo, o no razón. ¿Comprenden por qué desde ese día no despego mis ojos de las lecturas? Para que digan que la TV nos atonta y nos vuelve incultos. Yo no sé para que van a la Universidad, tus padres se gastan un pastón, no aprendes nada y te pasas la vida escudándote en la conciencia para no ejercer. Con lo que se aprende en la pantalla plana. Si es que...
Yo se lo explico al de la regulación, postrado en la cama mientras le aplico tintura yodada en las heridas de guerra: Mi amor, hazte una idea. Os pasais la vida temiendo la exploración de próstata y no tiene punto de comparación. Si no hace falta irse por ahí para protestar, con lo que tenemos en esta tierra, que es la monda, que vas a la farmacia a comprar dentífrico y te dicen que tienen objeción de conciencia dental, que no hubieras comido golosinas y te aguantes la caries, pero que tienen una crema con colágeno que va ideal para los labios y así no se notará que te faltan los piños. A lo que hemos llegado.
Así que me he dado a la lectura. Observé un tumulto en la puerta de la tienda de revistas y me dije: "pelea, pelea", y me eché a la calle dispuesta a sacar la rabia que no me deja engordar. ¿Saben lo que pasaba?, que había salido a la venta la revista con las fotos de Belén Esteban y su reconstrucción napial, o facial, y había bofetadas por ver el resultado. Cuando me asomé por encima del hombro de una señora muy bajita que tenía un ejemplar, no pude contenerme y exclamé: "Pero si es la Rociíto", se armó la marimorena. Que si no, que si sí, que esa napia la quiero para mí. Vean, comparen y díganme si tengo, o no razón. ¿Comprenden por qué desde ese día no despego mis ojos de las lecturas? Para que digan que la TV nos atonta y nos vuelve incultos. Yo no sé para que van a la Universidad, tus padres se gastan un pastón, no aprendes nada y te pasas la vida escudándote en la conciencia para no ejercer. Con lo que se aprende en la pantalla plana. Si es que...
Etiquetas:
aborto,
Belén Esteban,
ginecología,
Rociíto,
Universidad de Navarra
sábado, 12 de diciembre de 2009
Todo sea por el trabajo.

Ayer me dijo: "Ya estoy harto, hay que hacer algo, me voy a Madrí".
Yo me puse en P a las órdenes de ¡Pedrooooo!, o sea, a hacer la Magnani, pero en lugar de correr con las pechugas parriba, me tiré al suelo y me agarré a sus gemelos, los de la pierna, y me dejé arrastrar por el pasillo, camino de la habitación del niño, gritando que no me dejara, que eso era injusto, que le había dado lo mejor de mi diva, digo vida, pero él llegó hasta el armario y sacó lo único que el niño dejó dentro después de su famosa salida: la bandera. Enarbolando la arco iris sujeta por el mástil, proclamó que había que defender el empleo. ¿Pero cuál (grité yo, dramática perdida), si no tienes, desgraciao?. "No importa, el de todos", se puso épico y peripatético. Y se fué con lo puesto. Yo le amenacé apoyando las tetas en el pasamanos de la escalera: "Me bajaré al parque, hay padres nuevos en el barrio y sabes cómo me pongo cuando veo un primerizo, que no me controlo, que me pierdo", pero no sirvió de nada. "Asqueroso ( le dije convincente), si la manifestación es mañana, ¿por qué te vas hoy, por que no te vas en sus autobuses y que te den bocadillo sindical?, arruina familias, ¿dónde te vas a meter?". "En el piso de los amigos de tu hijo", me contestó a plano picado desde el portal. "¡A Chueca, ¿te vas a Chueca, so guarro?!", gemí sujetándome en la columna de hierro. "Todo sea por la causa, mi amor. ¡Viva el sindicalismo!", soflamó abriendo los brazos con la bandera, que parecía que se iba a arrancar con el I'm chingin in the rain desde la puerta de aluminio y cristal, antes de dar un portazo que la dejó más deformada. Qué guapo estaba el canalla. Esa es la síntesis de nuestra relación, él hace musical mientras yo me me doy a la tragedia. Subí arratrándome por los escalones de protección oficial, apoyada en la pared desconchada y con pintadas obscenas, cerrando mi rebeca sobre el vientre y subiendo mis tetas, con los mechones de pelo cayendo sobre mi frente. Las puertas se cerraban sigilosamente, unas más que otras no crean, que hay mucha mala leche en la casa, y escuché un "otra vez esos...", que me remató. Me quedé sentada en el descansillo gritando como una posesa mi desgracia, más que nada por hacer escena y por joder.
Hoy he creído verle, entre los efluvios de la cazalla, en el telediario, tirando huevos a un cartel. En el contraplano el huevo impactaba en una foto de Rajoy, resbalando el mejunje de clara y yema sobre el careto. Seguro que no ha sido él, he pensado, ese no le da ni de refilón. Vaya manera de areglar el país. ¿Y los huevos?, la duda ha empezado a corroer mi ya atormentadísima mente, ¿serán de Chueca?, ¿es lo que podemos llamar un Chuecahuevazo en los morros?, y me ha dado la risa floja. Yo soy así de simple.
Mañana vuelve, creo. Estoy preparando un cepillo eléctrico para las liendres. Son los sacrificios de la revolución. Les contaré.
Yo me puse en P a las órdenes de ¡Pedrooooo!, o sea, a hacer la Magnani, pero en lugar de correr con las pechugas parriba, me tiré al suelo y me agarré a sus gemelos, los de la pierna, y me dejé arrastrar por el pasillo, camino de la habitación del niño, gritando que no me dejara, que eso era injusto, que le había dado lo mejor de mi diva, digo vida, pero él llegó hasta el armario y sacó lo único que el niño dejó dentro después de su famosa salida: la bandera. Enarbolando la arco iris sujeta por el mástil, proclamó que había que defender el empleo. ¿Pero cuál (grité yo, dramática perdida), si no tienes, desgraciao?. "No importa, el de todos", se puso épico y peripatético. Y se fué con lo puesto. Yo le amenacé apoyando las tetas en el pasamanos de la escalera: "Me bajaré al parque, hay padres nuevos en el barrio y sabes cómo me pongo cuando veo un primerizo, que no me controlo, que me pierdo", pero no sirvió de nada. "Asqueroso ( le dije convincente), si la manifestación es mañana, ¿por qué te vas hoy, por que no te vas en sus autobuses y que te den bocadillo sindical?, arruina familias, ¿dónde te vas a meter?". "En el piso de los amigos de tu hijo", me contestó a plano picado desde el portal. "¡A Chueca, ¿te vas a Chueca, so guarro?!", gemí sujetándome en la columna de hierro. "Todo sea por la causa, mi amor. ¡Viva el sindicalismo!", soflamó abriendo los brazos con la bandera, que parecía que se iba a arrancar con el I'm chingin in the rain desde la puerta de aluminio y cristal, antes de dar un portazo que la dejó más deformada. Qué guapo estaba el canalla. Esa es la síntesis de nuestra relación, él hace musical mientras yo me me doy a la tragedia. Subí arratrándome por los escalones de protección oficial, apoyada en la pared desconchada y con pintadas obscenas, cerrando mi rebeca sobre el vientre y subiendo mis tetas, con los mechones de pelo cayendo sobre mi frente. Las puertas se cerraban sigilosamente, unas más que otras no crean, que hay mucha mala leche en la casa, y escuché un "otra vez esos...", que me remató. Me quedé sentada en el descansillo gritando como una posesa mi desgracia, más que nada por hacer escena y por joder.
Hoy he creído verle, entre los efluvios de la cazalla, en el telediario, tirando huevos a un cartel. En el contraplano el huevo impactaba en una foto de Rajoy, resbalando el mejunje de clara y yema sobre el careto. Seguro que no ha sido él, he pensado, ese no le da ni de refilón. Vaya manera de areglar el país. ¿Y los huevos?, la duda ha empezado a corroer mi ya atormentadísima mente, ¿serán de Chueca?, ¿es lo que podemos llamar un Chuecahuevazo en los morros?, y me ha dado la risa floja. Yo soy así de simple.
Mañana vuelve, creo. Estoy preparando un cepillo eléctrico para las liendres. Son los sacrificios de la revolución. Les contaré.
jueves, 10 de diciembre de 2009
Aminatu

Desde que saltó el escandalazo Aminatu Haydar he querido decir algo, pero lo encontraba todo ya en los artículos que leía, o tal vez no se me ocurría nada y simplemente estaba de acuerdo con lo que escribían los demás.
Cuanto más tiempo pasa más se enreda el problema y más sinvergonzonerías se escuchan. Hoy le he oído decir al ministro de Justicia marroquí, que la culpa de lo que pasa es de Aminatu: ¿Quién la obliga a hacer una huelga de hambre?
Voy a contener mi lengua, dada a soltar el calificativo con rapidez.
Que no se nos olvide el origen del problema: Marruecos, país que se hizo de mala manera con el Sáhara para no hacer nada por él, demuestra su amor por los Saharuis quitándoles el pasaporte y poniéndoles en un avión rumbo a otro país, en este caso el nuestro, España.
Esto, que va contra el más simple derecho de cualquier ciudadano, convierte en culpable a la víctima y organiza un escándalo monumental, trufado de declaraciones vergonzosas por parte de los dirigentes de los dos países, y ya de paso de los que tenemos alrededor.
No voy a decir nada de Marruecos, un pais feudalista del que no se puede esperar gran cosa, excepto que su Rey se aficione a los placeres parisinos, que no a sus "Luces".
Sí voy a decir algo de mi país: me da vergüenza su incapacidad de solucionar este problema.
A usted le invito a ponerse en el lugar de esta mujer. Imagine que usted llega al aeropuerto y la policía le quita el pasaporte y le factura a Marruecos, donde al llegar usted es nadie. ¿Qué le parece, no se le ponen los pelos como escarpias? ¿Usted qué haría? Y ahora piense que usted no tiene relevancia política alguna, que es un desconocido, que nadie le va a prestar su apoyo. ¿Comprende por qué el derecho y su respeto es tan esencial?
Dicho.
Cuanto más tiempo pasa más se enreda el problema y más sinvergonzonerías se escuchan. Hoy le he oído decir al ministro de Justicia marroquí, que la culpa de lo que pasa es de Aminatu: ¿Quién la obliga a hacer una huelga de hambre?
Voy a contener mi lengua, dada a soltar el calificativo con rapidez.
Que no se nos olvide el origen del problema: Marruecos, país que se hizo de mala manera con el Sáhara para no hacer nada por él, demuestra su amor por los Saharuis quitándoles el pasaporte y poniéndoles en un avión rumbo a otro país, en este caso el nuestro, España.
Esto, que va contra el más simple derecho de cualquier ciudadano, convierte en culpable a la víctima y organiza un escándalo monumental, trufado de declaraciones vergonzosas por parte de los dirigentes de los dos países, y ya de paso de los que tenemos alrededor.
No voy a decir nada de Marruecos, un pais feudalista del que no se puede esperar gran cosa, excepto que su Rey se aficione a los placeres parisinos, que no a sus "Luces".
Sí voy a decir algo de mi país: me da vergüenza su incapacidad de solucionar este problema.
A usted le invito a ponerse en el lugar de esta mujer. Imagine que usted llega al aeropuerto y la policía le quita el pasaporte y le factura a Marruecos, donde al llegar usted es nadie. ¿Qué le parece, no se le ponen los pelos como escarpias? ¿Usted qué haría? Y ahora piense que usted no tiene relevancia política alguna, que es un desconocido, que nadie le va a prestar su apoyo. ¿Comprende por qué el derecho y su respeto es tan esencial?
Dicho.
jueves, 3 de diciembre de 2009
Día de Navarra
Una, que tiene raíces catalanas, echaba en falta una costumbre para celebrar el Día de Navarra. Hubo un intento frustrado de los pasteleros locales, ofertando el brazo del Santo a modo de postre, pero parece que no cuajó. Y eso que con la tradición del pastelito dominical parecía que podía tener éxito.
Así que me devanaba el cacumen en qué hacer, que no fuera explotar al niño y bajarnos a comer al chino, cuando se me encendió la bombilla al ver que una firma ha lanzado un línea de lencería, bisex, del Real Madrid: ¡Sorpresa!, he exclamado al pié de la cama donde dormitaba el de la regulación. Ataviada con su blusón sanferminero y al son del "No te vayas de Navarra", he iniciado un estristres indigno de los peores antros de perdición, ante sus ojos legañosos y atónitos. Yo veía la expresión de su cara y sabía lo que pasaba por su cabeza, que no es lo que ustedes piensan, sino el recuerdo de la celebración de la diada, cuando le envolví la rosa y deshojé el libro sobre la cama, pero superamos la confusión alcohólica y nos rebozamos en tinta de best seller. Al fin y al cabo íbamos a ir a ver la peli, ¿para qué leer semejante tocho?. Hoy, tras el blusón, han caído los demás símbolos del navarrismo cañí: la faja roja y los pañuelicos; al verlos desprenderse ha rugido como una fiera salvaje, haciéndome soltar un gallo de vicetiple agobiada en el agudo final. ¡Viva Navarra!. A su imaginación lo dejo.
¿Y esta marrana por qué nos cuenta esto?, pensarán ustedes. Pues por dar ideas. En lugar de tanto concierto y tanta mandanga musical, ¿No querían propuestas y proyectos para la capitalidad cultural?. Pues ahí va la mía. Si conseguimos que tradiciones de este cariz arraiguen entre nuestras gentes, verán qué giro copernicano da esta comunidad. Estoy segura de que incentivaría el turismo y la atracción por nuestras costumbres, envidia del universo.
Ahí queda. Gratis total.
Así que me devanaba el cacumen en qué hacer, que no fuera explotar al niño y bajarnos a comer al chino, cuando se me encendió la bombilla al ver que una firma ha lanzado un línea de lencería, bisex, del Real Madrid: ¡Sorpresa!, he exclamado al pié de la cama donde dormitaba el de la regulación. Ataviada con su blusón sanferminero y al son del "No te vayas de Navarra", he iniciado un estristres indigno de los peores antros de perdición, ante sus ojos legañosos y atónitos. Yo veía la expresión de su cara y sabía lo que pasaba por su cabeza, que no es lo que ustedes piensan, sino el recuerdo de la celebración de la diada, cuando le envolví la rosa y deshojé el libro sobre la cama, pero superamos la confusión alcohólica y nos rebozamos en tinta de best seller. Al fin y al cabo íbamos a ir a ver la peli, ¿para qué leer semejante tocho?. Hoy, tras el blusón, han caído los demás símbolos del navarrismo cañí: la faja roja y los pañuelicos; al verlos desprenderse ha rugido como una fiera salvaje, haciéndome soltar un gallo de vicetiple agobiada en el agudo final. ¡Viva Navarra!. A su imaginación lo dejo.
¿Y esta marrana por qué nos cuenta esto?, pensarán ustedes. Pues por dar ideas. En lugar de tanto concierto y tanta mandanga musical, ¿No querían propuestas y proyectos para la capitalidad cultural?. Pues ahí va la mía. Si conseguimos que tradiciones de este cariz arraiguen entre nuestras gentes, verán qué giro copernicano da esta comunidad. Estoy segura de que incentivaría el turismo y la atracción por nuestras costumbres, envidia del universo.
Ahí queda. Gratis total.
miércoles, 2 de diciembre de 2009
L'amour
Si te dijera, amor mío, que temo a la madrugada.
Así empieza la canción Al Alba, ¿recuerdan?. ¿Recuerdan la cantidad de pasteles edulcorados por Hollywood, que hemos tragado, contándonos historias de amor imposible hechas realidad? Por ejemplo, El Guardaespaldas, esa historia que todavía repiten de vez en cuando en TV y nos hace llorar de la emoción ante el sacrifico de la propia vida, y el triunfo del amor sobre egoísmos y diferencias raciales. Claro, estas cosas pasan en la pantalla, porque la realidad es otra. ¿Quieren una historia real, pero que siempre diré que es mentira?
Así empieza la canción Al Alba, ¿recuerdan?. ¿Recuerdan la cantidad de pasteles edulcorados por Hollywood, que hemos tragado, contándonos historias de amor imposible hechas realidad? Por ejemplo, El Guardaespaldas, esa historia que todavía repiten de vez en cuando en TV y nos hace llorar de la emoción ante el sacrifico de la propia vida, y el triunfo del amor sobre egoísmos y diferencias raciales. Claro, estas cosas pasan en la pantalla, porque la realidad es otra. ¿Quieren una historia real, pero que siempre diré que es mentira?
En una capital de provincias muy pagada de sí misma, residía un joven que, tras opositar a un cuerpo policial y sacar la plaza, se dejó llevar por su vocación, o afán profesional, y entró a formar parte de la élite de los protectores de las clases dirigentes, a las que, incuestionablemente, era fiel, no sólo profesionalmente, también ideológicamente. Acompañar a reuniones, viajes, comidas y los tiempos muertos en centros oficiales hicieron que su interés se centrara en una dirigente que no pertenecía al clan al que prestaba sus servicios, que era de un grupo opositor a los intereses que defendían aquellos a los que no solamente protegía, sino que escuchaba, veía y conocía de sus movimientos, citas, encuentros. La sospecha cayó sobre su figura. Cayó tanto, que lo cambiaron de destino. Ya no era de fiar. A silbar a la vía.
El triunfo del amor. El precio del amor. Siempre hay que pagar. Siempre hay que dar valor, valorar, aquello por lo que apostamos. Siempre hay que sacrificar. Si en "El guardaespaldas" y otras historias épicas, había que jugarse la vida para conseguir el amor, aquí había que jugarse el trabajo. Qué prosaico.
¿Qué les parece?. Una más.
El triunfo del amor. El precio del amor. Siempre hay que pagar. Siempre hay que dar valor, valorar, aquello por lo que apostamos. Siempre hay que sacrificar. Si en "El guardaespaldas" y otras historias épicas, había que jugarse la vida para conseguir el amor, aquí había que jugarse el trabajo. Qué prosaico.
¿Qué les parece?. Una más.
domingo, 29 de noviembre de 2009
Nuevamente: Pasolini
Leo que han publicado, o reeditado, no sé, los "Escritos Corsarios", de Pier Paolo Passolini, en las ediciones del Oriente y del Mediterraneo.
Como cineasta le he visto cosas que me han gustado y otras que no. Como persona me pareció de una integridad y coherencia enormes. Como víctima me inquietó su asesinato, nada claro. Como autor le he leído cosas impresionantes.
Sobran las palabras. Vayan pues dos textos por delante, y quien quiera que se anime.
Escritos Corsarios, de Pier Paolo Pasolini. Ediciones del Oriente y del Mediterráneo. Precio: 18 euros.
Como cineasta le he visto cosas que me han gustado y otras que no. Como persona me pareció de una integridad y coherencia enormes. Como víctima me inquietó su asesinato, nada claro. Como autor le he leído cosas impresionantes.
Sobran las palabras. Vayan pues dos textos por delante, y quien quiera que se anime.
Yo sé los nombres...
Lo sé. Sé los nombres de los responsables de lo que llaman golpe (y en realidad es una serie de golpes instaurada como sistema de protección del poder).
"Soy un intelectual, un escritor que intenta seguir todo lo que está pasando, conocer todo lo que se escribe"
Sé los nombres de los responsables del atentado de Milán del 12 de diciembre de 1969
[17 muertos y 88 heridos en un bombazo contra la Banca Nazionale dell' Agricoltura].
Sé los nombres de los responsables de los atentados de Brescia y de Bolonia en los primeros meses de 1974. Sé los nombres del "vértice" que ha manipulado tanto a los viejos fascistas que traman golpes como a los neofascistas autores materiales de los primeros atentados, y a los "desconocidos" autores materiales de los atentados más recientes.
Sé los nombres de quienes han manejado las dos fases distintas, incluso opuestas, de la tensión: una primera fase anticomunista (Milán, 1969) y una segunda fase antifascista (Brescia y Bolonia, 1974).
Sé los nombres del grupo de poderosos que, con la ayuda de la CIA (y en segundo lugar, de los coroneles griegos y la mafia), urdieron primero (aunque fracasaron miserablemente) una cruzada anticomunista para atajar el 68. (...)
Sé los nombres de quienes, entre misa y misa, dieron instrucciones y aseguraron la protección política a viejos generales (para mantener en pie, por si acaso, la organización de un posible golpe de Estado), a jóvenes neofascistas, o más bien neonazis (para crear en concreto la tensión anticomunista), y por último, a criminales comunes, hasta este momento, y quizá para siempre, sin nombre (...)
Sé los nombres de las personas serias e importantes que están detrás de los trágicos muchachos que optaron por las suicidas atrocidades fascistas y de los malhechores comunes, sicilianos o no, que se pusieron a su disposición como asesinos y sicarios. Sé todos estos nombres y sé todos los hechos (atentados contra las instituciones y matanzas) que han cometido.
Lo sé. Pero no tengo pruebas. Ni siquiera tengo indicios.
Lo sé porque soy un intelectual, un escritor, que intenta seguir todo lo que está pasando, conocer todo lo que se escribe al respecto, imaginar todo lo que no se sabe o se calla; que ata cabos a veces lejanos, que junta las piezas desordenadas y fragmentarias de un cuadro político coherente, que restablece la lógica donde aparentemente reinan la arbitrariedad, la locura y el misterio.
Todo eso forma parte de mi oficio y del instinto de mi oficio. Me parece difícil que mi "proyecto de novela" esté equivocado, es decir, que no tenga conexión con la realidad y que sus referencias a hechos y personas reales sean inexactas. Creo, además, que muchos otros intelectuales y novelistas saben lo que yo sé como intelectual y novelista. Porque la reconstrucción de la verdad acerca de lo ocurrido en Italia después de 1968 tampoco es tan difícil.
(...) Probablemente, los periodistas y los políticos también tienen pruebas o, por lo menos, indicios.
El problema es el siguiente: los periodistas y los políticos, aun teniendo pruebas y sin duda indicios, no dan nombres. ¿A quién corresponde, pues, dar esos nombres? Evidentemente, a quien no sólo tiene el valor suficiente, sino que, además, no está comprometido en la práctica con el poder y tampoco tiene, por definición, nada que perder: un intelectual.
De modo que un intelectual podría ser el más apropiado para dar a conocer esos nombres; pero no tiene pruebas ni indicios.
El poder y el mundo que, sin ser del poder, mantiene relaciones prácticas con el poder, por su propia configuración, han excluido a los intelectuales libres de la posibilidad de tener pruebas e indicios.
Podrían objetarme que yo, por ejemplo, como intelectual e inventor de historias, podría entrar en ese mundo explícitamente político (del poder o sus aledaños), comprometerme con él y, por tanto, compartir el derecho a tener, con elevada probabilidad, pruebas e indicios.
Pero a esta objeción contestaría que no es posible, porque es justamente la repugnancia a entrar en ese mundo político lo que se identifica con mi posible atrevimiento intelectual de decir la verdad, es decir, de dar nombres.
(...) Al intelectual -profunda y visceralmente despreciado por toda la burguesía italiana- se le encomienda una función falsamente elevada y noble, la de debatir los asuntos morales e ideológicos.
Si no cumple esta función se le considera un traidor, y de inmediato se alzan voces (como si estuvieran esperando el momento) contra la "traición de los intelectuales". Gritar contra la "traición de los intelectuales" es una coartada y una gratificación para los políticos y los servidores del poder.
Pero no existe sólo el poder; también existe una oposición al poder. En Italia esta oposición es tan extensa y fuerte, que constituye un poder en sí misma: me refiero, naturalmente, al Partido Comunista Italiano.
Es evidente que en este momento la presencia de un gran partido como el Partido Comunista Italiano en la oposición es la salvación de Italia y de sus pobres instituciones democráticas.
El Partido Comunista Italiano es un país limpio en un país sucio, un país honrado en un país inmoral, un país inteligente en un país idiota, un país culto en un país ignorante, un país humanista en un país consumista.
(...) Pero, precisamente, todo lo positivo que he dicho del Partido Comunista Italiano también constituye su aspecto relativamente negativo.
La división del país en dos países, uno hundido hasta el cuello en la degradación y la degeneración, el otro intacto y limpio, no propicia la paz ni el espíritu constructivo.
Además, entendida tal como la acabo de describir, creo que, objetivamente (como un país en el país), la oposición viene a ser otro poder, pero poder al fin y al cabo. Por consiguiente, los políticos de esa oposición no pueden dejar de comportarse, también ellos, como hombres de poder.
(...) Ahora bien, ¿por qué tampoco los políticos de la oposición, si tienen -como es probable- pruebas, o por lo menos indicios, no dan los nombres de los responsables reales, o sea, políticos, de los cómicos golpes y las espantosas matanzas de este año? Muy sencillo: no los dan en la medida en que distinguen -a diferencia de lo que haría un intelectual- entre verdad política y práctica política. Por tanto, naturalmente, ellos tampoco dan a conocer las pruebas e indicios al intelectual que no es funcionario. Ni se les pasa por la cabeza, como es normal, dada la situación objetiva de hecho.
(...) Sé muy bien que no es pertinente -en este momento concreto de la historia italiana- plantear públicamente una cuestión de confianza a toda la clase política. No es diplomático, no es oportuno. Pero éstas son categorías de la política, no de la verdad política, a la que el impotente intelectual, cuando y como puede, debe servir. Pues bien, precisamente porque no puedo dar los nombres de los responsables de los intentos de golpe de Estado y los atentados (y no en vez de darlos), no puedo dejar de pronunciar mi débil e ideal acusación contra toda la clase política italiana. Lo hago porque creo en la política, creo en los principios "formales" de la democracia, creo en el Parlamento y creo en los partidos. Naturalmente, desde mi visión particular, que es la de un comunista.
Lo sé. Sé los nombres de los responsables de lo que llaman golpe (y en realidad es una serie de golpes instaurada como sistema de protección del poder).
"Soy un intelectual, un escritor que intenta seguir todo lo que está pasando, conocer todo lo que se escribe"
Sé los nombres de los responsables del atentado de Milán del 12 de diciembre de 1969
[17 muertos y 88 heridos en un bombazo contra la Banca Nazionale dell' Agricoltura].
Sé los nombres de los responsables de los atentados de Brescia y de Bolonia en los primeros meses de 1974. Sé los nombres del "vértice" que ha manipulado tanto a los viejos fascistas que traman golpes como a los neofascistas autores materiales de los primeros atentados, y a los "desconocidos" autores materiales de los atentados más recientes.
Sé los nombres de quienes han manejado las dos fases distintas, incluso opuestas, de la tensión: una primera fase anticomunista (Milán, 1969) y una segunda fase antifascista (Brescia y Bolonia, 1974).
Sé los nombres del grupo de poderosos que, con la ayuda de la CIA (y en segundo lugar, de los coroneles griegos y la mafia), urdieron primero (aunque fracasaron miserablemente) una cruzada anticomunista para atajar el 68. (...)
Sé los nombres de quienes, entre misa y misa, dieron instrucciones y aseguraron la protección política a viejos generales (para mantener en pie, por si acaso, la organización de un posible golpe de Estado), a jóvenes neofascistas, o más bien neonazis (para crear en concreto la tensión anticomunista), y por último, a criminales comunes, hasta este momento, y quizá para siempre, sin nombre (...)
Sé los nombres de las personas serias e importantes que están detrás de los trágicos muchachos que optaron por las suicidas atrocidades fascistas y de los malhechores comunes, sicilianos o no, que se pusieron a su disposición como asesinos y sicarios. Sé todos estos nombres y sé todos los hechos (atentados contra las instituciones y matanzas) que han cometido.
Lo sé. Pero no tengo pruebas. Ni siquiera tengo indicios.
Lo sé porque soy un intelectual, un escritor, que intenta seguir todo lo que está pasando, conocer todo lo que se escribe al respecto, imaginar todo lo que no se sabe o se calla; que ata cabos a veces lejanos, que junta las piezas desordenadas y fragmentarias de un cuadro político coherente, que restablece la lógica donde aparentemente reinan la arbitrariedad, la locura y el misterio.
Todo eso forma parte de mi oficio y del instinto de mi oficio. Me parece difícil que mi "proyecto de novela" esté equivocado, es decir, que no tenga conexión con la realidad y que sus referencias a hechos y personas reales sean inexactas. Creo, además, que muchos otros intelectuales y novelistas saben lo que yo sé como intelectual y novelista. Porque la reconstrucción de la verdad acerca de lo ocurrido en Italia después de 1968 tampoco es tan difícil.
(...) Probablemente, los periodistas y los políticos también tienen pruebas o, por lo menos, indicios.
El problema es el siguiente: los periodistas y los políticos, aun teniendo pruebas y sin duda indicios, no dan nombres. ¿A quién corresponde, pues, dar esos nombres? Evidentemente, a quien no sólo tiene el valor suficiente, sino que, además, no está comprometido en la práctica con el poder y tampoco tiene, por definición, nada que perder: un intelectual.
De modo que un intelectual podría ser el más apropiado para dar a conocer esos nombres; pero no tiene pruebas ni indicios.
El poder y el mundo que, sin ser del poder, mantiene relaciones prácticas con el poder, por su propia configuración, han excluido a los intelectuales libres de la posibilidad de tener pruebas e indicios.
Podrían objetarme que yo, por ejemplo, como intelectual e inventor de historias, podría entrar en ese mundo explícitamente político (del poder o sus aledaños), comprometerme con él y, por tanto, compartir el derecho a tener, con elevada probabilidad, pruebas e indicios.
Pero a esta objeción contestaría que no es posible, porque es justamente la repugnancia a entrar en ese mundo político lo que se identifica con mi posible atrevimiento intelectual de decir la verdad, es decir, de dar nombres.
(...) Al intelectual -profunda y visceralmente despreciado por toda la burguesía italiana- se le encomienda una función falsamente elevada y noble, la de debatir los asuntos morales e ideológicos.
Si no cumple esta función se le considera un traidor, y de inmediato se alzan voces (como si estuvieran esperando el momento) contra la "traición de los intelectuales". Gritar contra la "traición de los intelectuales" es una coartada y una gratificación para los políticos y los servidores del poder.
Pero no existe sólo el poder; también existe una oposición al poder. En Italia esta oposición es tan extensa y fuerte, que constituye un poder en sí misma: me refiero, naturalmente, al Partido Comunista Italiano.
Es evidente que en este momento la presencia de un gran partido como el Partido Comunista Italiano en la oposición es la salvación de Italia y de sus pobres instituciones democráticas.
El Partido Comunista Italiano es un país limpio en un país sucio, un país honrado en un país inmoral, un país inteligente en un país idiota, un país culto en un país ignorante, un país humanista en un país consumista.
(...) Pero, precisamente, todo lo positivo que he dicho del Partido Comunista Italiano también constituye su aspecto relativamente negativo.
La división del país en dos países, uno hundido hasta el cuello en la degradación y la degeneración, el otro intacto y limpio, no propicia la paz ni el espíritu constructivo.
Además, entendida tal como la acabo de describir, creo que, objetivamente (como un país en el país), la oposición viene a ser otro poder, pero poder al fin y al cabo. Por consiguiente, los políticos de esa oposición no pueden dejar de comportarse, también ellos, como hombres de poder.
(...) Ahora bien, ¿por qué tampoco los políticos de la oposición, si tienen -como es probable- pruebas, o por lo menos indicios, no dan los nombres de los responsables reales, o sea, políticos, de los cómicos golpes y las espantosas matanzas de este año? Muy sencillo: no los dan en la medida en que distinguen -a diferencia de lo que haría un intelectual- entre verdad política y práctica política. Por tanto, naturalmente, ellos tampoco dan a conocer las pruebas e indicios al intelectual que no es funcionario. Ni se les pasa por la cabeza, como es normal, dada la situación objetiva de hecho.
(...) Sé muy bien que no es pertinente -en este momento concreto de la historia italiana- plantear públicamente una cuestión de confianza a toda la clase política. No es diplomático, no es oportuno. Pero éstas son categorías de la política, no de la verdad política, a la que el impotente intelectual, cuando y como puede, debe servir. Pues bien, precisamente porque no puedo dar los nombres de los responsables de los intentos de golpe de Estado y los atentados (y no en vez de darlos), no puedo dejar de pronunciar mi débil e ideal acusación contra toda la clase política italiana. Lo hago porque creo en la política, creo en los principios "formales" de la democracia, creo en el Parlamento y creo en los partidos. Naturalmente, desde mi visión particular, que es la de un comunista.
---------------------------------------------------------------------------------------------
11 de julio de 1974. Ampliación del «boceto» sobre la revolución antropológica en Italia*
Pier Paolo Pasolini
Los intelectuales siempre tendemos a identificar la «cultura» con nuestra cultura, y por lo tanto la moral con nuestra moral y la ideología con nuestra ideología. Esto significa: 1) que no usamos la palabra «cultura» en el sentido científico; 2) que así expresamos cierto racismo irreducible hacia quienes tienen, precisamente, otra cultura. La verdad es que gracias a mi vida y mis estudios, he podido librarme bastante de caer en estos errores. Pero cuando Moravia me habla de gente (es decir, prácticamente todo el pueblo italiano) que vive en un nivel premoral y preideológico, me demuestra que ha caído de lleno en estos errores. Lo premoral y lo preideológico sólo existen si se supone la existencia de una sola moral y una sola ideología histórica justa; que sería la nuestra, la burguesa, la suya, de Moravia, o la mía, de Pasolini. Pero en realidad lo premoral y lo preideológico no existen. Simplemente existe otra cultura (la cultura popular) o una cultura anterior. Sobre estas culturas se implanta una nueva opción moral e ideológica: por ejemplo, la opción marxista, o bien la opción fascista.
Esta opción es fundamental. Pero no lo es todo. En efecto, tal como observa el propio Moravia, no debe juzgarse en sí misma, sino por sus resultados teóricos o prácticos (el cambio del mundo). ¿Cómo es posible que ciertas opciones justas ―por ejemplo, un marxismo maravillosamente ortodoxo― den unos resultados tan horriblemente equivocados? Exhorto a Moravia a pensar en Stalin. Por mi parte, no tengo la menor duda: los «crímenes» de Stalin son el resultado de la relación entre la opción política (el bolchevismo) y la cultura anterior de Stalin (es decir, lo que Moravia llama, con desprecio, premoral o preideológico). Por otro lado, no hace falta recurrir a Stalin, a su opción justa y a su fondo cultural campesino, clerical y bárbaro. Hay infinidad de ejemplos. Yo también, según Maurizio Ferrara (que me hace en L’Unità la misma crítica que Moravia, es decir, me recuerda severamente el valor esencial y definitivo de la opción), he escogido una opción justa, pero la he aplicado mal, según parece a causa de mi irracionalidad cultural, es decir, de la cultura anterior en la que me he formado.
Ahora vamos a multiplicar por millones estos casos individuales. Millones de italianos han hecho su elección (bastante esquemática): por ejemplo, millones de italianos han optado por el marxismo, o al menos por el progresismo, mientras que otros millones de italianos han escogido el clericalfascismo. Estas opciones, como ocurre siempre, están incluidas en una cultura. Que es, precisamente, la cultura de los italianos. Pero mientras tanto la cultura de los italianos ha cambiado por completo. No, no lo ha hecho en las ideas expresadas, en la enseñanza, en los valores defendidos conscientemente. Por ejemplo, un fascista «modernísimo», es decir, motivado por la expansión económica italiana y extranjera, sigue leyendo a Evola. La cultura italiana ha cambiado en la vivencia, en lo existencial, en lo concreto. El cambio consiste en que la vieja cultura de clase (con sus divisiones netas: cultura de la clase dominada, o popular, y cultura de la clase dominante, o burguesa, cultura de las minorías selectas) ha dado paso a una nueva cultura interclasista que se expresa a través del modo de ser de los italianos, a través de su nueva calidad de vida. Las opciones políticas que se nutrían del viejo mantillo cultural eran una cosa, las que se nutren de este nuevo mantillo cultural son otra. Un obrero o un campesino marxista de los años cuarenta o cincuenta, en el supuesto de una victoria revolucionaria, habría cambiado el mundo de una forma; hoy, en el mismo supuesto, lo cambiaría de otra forma. No quiero hacer profecías, pero no oculto que soy desesperadamente pesimista. El que ha manipulado y transformado radicalmente (antropológicamente) a las grandes masas campesinas y obreras italianas es un nuevo poder que me cuesta definir, aunque estoy convencido de que es el más violento y totalitario de la historia, pues cambia la naturaleza de la gente, entra en lo más hondo de las conciencias. Por lo tanto, bajo las opciones conscientes, hay una opción cautiva, «ya común a todos los italianos», que no puede dejar de deformar las otras.
(…)
Fue la propaganda televisiva del nuevo tipo de vida «hedonista» lo que determinó el triunfo del «no» en el referendo. Porque no hay nada menos idealista y religioso que el mundo televisivo. Es verdad que durante todos estos años la censura televisiva ha sido una censura vaticana. Pero el Vaticano no ha comprendido qué debía censurar. Por ejemplo, debía censurar Carosello, porque es en Carosello donde se exhibe, omnipotente, nítido, tajante, perentorio, el nuevo tipo de vida que los italianos han de imitar. Y no es precisamente un tipo de vida en el que pinte algo la religión. Por otro lado, los programas de carácter específicamente religioso de la televisión son tan aburridos, tan sumamente inexpresivos, que lo mejor que habría podido hacer el Vaticano era censurarlos todos. El bombardeo ideológico televisivo no es explícito: está en las cosas, es indirecto. Pero nunca se ha podido propagar con tanta eficacia un «modelo de vida» como con la televisión. El tipo de hombre o mujer que cuenta, que es moderno, que debe imitarse y lograrse, no se describe o ensalza, ¡se representa! El lenguaje de la televisión es, por naturaleza, un lenguaje físico-mímico, el lenguaje del comportamiento. Que es trasladado sin más, sin mediaciones, al lenguaje físico-mímico y al lenguaje del comportamiento en la realidad. Los héroes de la propaganda televisiva ―jóvenes en moto, chicas al lado de dentífricos― proliferan en millones de héroes semejantes en la realidad.
Justamente por ser totalmente pragmática, la propaganda televisiva representa el aspecto acomodaticio de la nueva ideología hedonista, y por lo tanto es enormemente eficaz.
Si en todos estos años la televisión ha estado al servicio de la Democracia Cristiana y el Vaticano en el plano de la voluntad y la conciencia, en el plano involuntario e inconsciente, por el contrario, se ha puesto al servicio del nuevo poder, que ya no coincide ideológicamente con la Democracia Cristiana y no sabe qué hacer con el Vaticano.
(…)
Lo que más impresiona cuando se pasea por una ciudad de la Unión Soviética es la uniformidad de la muchedumbre: nunca se advierte ninguna diferencia sustancial entre los transeúntes en el vestir, en los andares, en la seriedad, en las sonrisas, en la gesticulación; en suma, en el comportamiento. El «sistema de los signos» del lenguaje físico-mímico, en una ciudad rusa, no tiene variantes, es totalmente idéntico en todos. ¿Cuál es la proposición primera de este lenguaje físico-mímico? Es esta: «Aquí no hay diferencias de clase». Y es algo maravilloso. A pesar de todos los errores y las involuciones, a pesar de los crímenes políticos y los genocidios de Stalin (de los que es cómplice todo el mundo campesino ruso), el hecho de que el pueblo ganara en el 17, definitivamente, la lucha de clases, y lograra la igualdad de los ciudadanos, es algo que produce un profundo y apasionante sentimiento de alegría y confianza en los hombres. El pueblo conquistó la libertad suprema, nadie se la regaló. La conquistó.
Hoy en las ciudades de Occidente ―pero quiero hablar sobre todo de Italia―, al pasear por la calle, también impresiona la uniformidad de la muchedumbre: aquí tampoco se advierte ninguna diferencia sustancial entre los transeúntes (sobre todo si son jóvenes) en el vestir, en los andares, en la seriedad, en las sonrisas, en la gesticulación; en suma, en el comportamiento. Por consiguiente se puede decir que, como en el caso de la muchedumbre rusa, el sistema de signos del lenguaje físico-mímico no tiene variantes, es completamente idéntico en todos. Pero mientras que en Rusia es un fenómeno tan positivo que emociona, en Occidente, en cambio, es un fenómeno negativo y provoca un estado de ánimo que roza el disgusto definitivo y la desesperación.
La proposición primera de este lenguaje físico-mímico es esta: «El Poder ha decidido que seamos todos iguales».
El afán de consumo es un afán de obediencia a una orden no pronunciada. En Italia todos sienten ese afán, degradante, de ser iguales a los demás cuando se trata de consumir, de ser felices, de ser libres, porque tal es la orden que inconscientemente han recibido y «deben» obedecer para no sentirse distintos. Nunca la diversidad ha sido una culpa tan espantosa como en este periodo de tolerancia. La igualdad no se ha conquistado, es una falsa igualdad regalada.
(…)
Una de las principales características de esta igualdad que se expresa en la vida, además de la fosilización del lenguaje verbal (los estudiantes hablan como libros impresos, los chicos del pueblo han perdido la inventiva jergal) es la tristeza. La alegría siempre es exagerada, ostensible, agresiva, ofensiva. La tristeza física de la que hablo es profundamente neurótica. Obedece a una frustración social. Ahora que el modelo social ya no es el de la propia clase, sino otro impuesto por el poder, son muchos los que se ven incapaces de alcanzarlo. Eso les humilla tremendamente. Pondré un ejemplo, muy humilde. Antes el mozo de la tahona, o cascherino, como se llama aquí en Roma, estaba siempre, eternamente, alegre. Era una alegría verdadera, que le chispeaba en los ojos. Iba por la calle silbando y soltando ocurrencias. Su vitalidad era irresistible. Vestía de un modo mucho más pobre que ahora: llevaba los pantalones remendados y la camisa a menudo andrajosa. Pero todo eso formaba parte de un modelo que en su barrio tenía un valor, un sentido. Y él estaba orgulloso. En el mundo de la riqueza tenía, para oponerle, otro mundo igual de válido. Llegaba a la casa del rico con una risa naturaliter anarquista, que lo desacreditaba todo, aunque tuviese una actitud respetuosa. Pero su respeto era el de una persona profundamente ajena. Y lo que de verdad cuenta: esa persona, ese muchacho, estaba alegre.
¿No es la felicidad lo que cuenta? ¿No es la felicidad por lo que se hace la revolución? La condición campesina o subproletaria sabía expresar, en las personas que la experimentaban, cierta felicidad «real». Hoy en día esta felicidad ―con el Desarrollo― se ha perdido. Lo que significa que el Desarrollo no es en absoluto revolucionario, ni siquiera cuando es reformista. Lo único que produce es angustia. Ahora hay adultos de mi edad tan aberrantes que prefieren la seriedad (casi trágica) con que el cascherino lleva hoy su paquete envuelto en plástico, con melena y bigotito, a la alegría «tonta» de antes. Creen que preferir la seriedad a la risa es un modo viril de afrontar la vida. En realidad son unos vampiros que se alegran de que sus víctimas inocentes también se hayan vuelto vampiros. La seriedad y la dignidad son horribles deberes que se impone la pequeña burguesía, y los pequeñoburgueses se alegran al ver que los muchachos del pueblo también se han vuelto «serios y dignos». No se les ocurre que esa es la verdadera degradación, que los muchachos del pueblo están tristes porque han perdido la conciencia de su inferioridad social, dado que sus valores y modelos culturales han sido destruidos (…)
* En Il Mondo, entrevistado por Guido Vergani.
Pier Paolo Pasolini
Los intelectuales siempre tendemos a identificar la «cultura» con nuestra cultura, y por lo tanto la moral con nuestra moral y la ideología con nuestra ideología. Esto significa: 1) que no usamos la palabra «cultura» en el sentido científico; 2) que así expresamos cierto racismo irreducible hacia quienes tienen, precisamente, otra cultura. La verdad es que gracias a mi vida y mis estudios, he podido librarme bastante de caer en estos errores. Pero cuando Moravia me habla de gente (es decir, prácticamente todo el pueblo italiano) que vive en un nivel premoral y preideológico, me demuestra que ha caído de lleno en estos errores. Lo premoral y lo preideológico sólo existen si se supone la existencia de una sola moral y una sola ideología histórica justa; que sería la nuestra, la burguesa, la suya, de Moravia, o la mía, de Pasolini. Pero en realidad lo premoral y lo preideológico no existen. Simplemente existe otra cultura (la cultura popular) o una cultura anterior. Sobre estas culturas se implanta una nueva opción moral e ideológica: por ejemplo, la opción marxista, o bien la opción fascista.
Esta opción es fundamental. Pero no lo es todo. En efecto, tal como observa el propio Moravia, no debe juzgarse en sí misma, sino por sus resultados teóricos o prácticos (el cambio del mundo). ¿Cómo es posible que ciertas opciones justas ―por ejemplo, un marxismo maravillosamente ortodoxo― den unos resultados tan horriblemente equivocados? Exhorto a Moravia a pensar en Stalin. Por mi parte, no tengo la menor duda: los «crímenes» de Stalin son el resultado de la relación entre la opción política (el bolchevismo) y la cultura anterior de Stalin (es decir, lo que Moravia llama, con desprecio, premoral o preideológico). Por otro lado, no hace falta recurrir a Stalin, a su opción justa y a su fondo cultural campesino, clerical y bárbaro. Hay infinidad de ejemplos. Yo también, según Maurizio Ferrara (que me hace en L’Unità la misma crítica que Moravia, es decir, me recuerda severamente el valor esencial y definitivo de la opción), he escogido una opción justa, pero la he aplicado mal, según parece a causa de mi irracionalidad cultural, es decir, de la cultura anterior en la que me he formado.
Ahora vamos a multiplicar por millones estos casos individuales. Millones de italianos han hecho su elección (bastante esquemática): por ejemplo, millones de italianos han optado por el marxismo, o al menos por el progresismo, mientras que otros millones de italianos han escogido el clericalfascismo. Estas opciones, como ocurre siempre, están incluidas en una cultura. Que es, precisamente, la cultura de los italianos. Pero mientras tanto la cultura de los italianos ha cambiado por completo. No, no lo ha hecho en las ideas expresadas, en la enseñanza, en los valores defendidos conscientemente. Por ejemplo, un fascista «modernísimo», es decir, motivado por la expansión económica italiana y extranjera, sigue leyendo a Evola. La cultura italiana ha cambiado en la vivencia, en lo existencial, en lo concreto. El cambio consiste en que la vieja cultura de clase (con sus divisiones netas: cultura de la clase dominada, o popular, y cultura de la clase dominante, o burguesa, cultura de las minorías selectas) ha dado paso a una nueva cultura interclasista que se expresa a través del modo de ser de los italianos, a través de su nueva calidad de vida. Las opciones políticas que se nutrían del viejo mantillo cultural eran una cosa, las que se nutren de este nuevo mantillo cultural son otra. Un obrero o un campesino marxista de los años cuarenta o cincuenta, en el supuesto de una victoria revolucionaria, habría cambiado el mundo de una forma; hoy, en el mismo supuesto, lo cambiaría de otra forma. No quiero hacer profecías, pero no oculto que soy desesperadamente pesimista. El que ha manipulado y transformado radicalmente (antropológicamente) a las grandes masas campesinas y obreras italianas es un nuevo poder que me cuesta definir, aunque estoy convencido de que es el más violento y totalitario de la historia, pues cambia la naturaleza de la gente, entra en lo más hondo de las conciencias. Por lo tanto, bajo las opciones conscientes, hay una opción cautiva, «ya común a todos los italianos», que no puede dejar de deformar las otras.
(…)
Fue la propaganda televisiva del nuevo tipo de vida «hedonista» lo que determinó el triunfo del «no» en el referendo. Porque no hay nada menos idealista y religioso que el mundo televisivo. Es verdad que durante todos estos años la censura televisiva ha sido una censura vaticana. Pero el Vaticano no ha comprendido qué debía censurar. Por ejemplo, debía censurar Carosello, porque es en Carosello donde se exhibe, omnipotente, nítido, tajante, perentorio, el nuevo tipo de vida que los italianos han de imitar. Y no es precisamente un tipo de vida en el que pinte algo la religión. Por otro lado, los programas de carácter específicamente religioso de la televisión son tan aburridos, tan sumamente inexpresivos, que lo mejor que habría podido hacer el Vaticano era censurarlos todos. El bombardeo ideológico televisivo no es explícito: está en las cosas, es indirecto. Pero nunca se ha podido propagar con tanta eficacia un «modelo de vida» como con la televisión. El tipo de hombre o mujer que cuenta, que es moderno, que debe imitarse y lograrse, no se describe o ensalza, ¡se representa! El lenguaje de la televisión es, por naturaleza, un lenguaje físico-mímico, el lenguaje del comportamiento. Que es trasladado sin más, sin mediaciones, al lenguaje físico-mímico y al lenguaje del comportamiento en la realidad. Los héroes de la propaganda televisiva ―jóvenes en moto, chicas al lado de dentífricos― proliferan en millones de héroes semejantes en la realidad.
Justamente por ser totalmente pragmática, la propaganda televisiva representa el aspecto acomodaticio de la nueva ideología hedonista, y por lo tanto es enormemente eficaz.
Si en todos estos años la televisión ha estado al servicio de la Democracia Cristiana y el Vaticano en el plano de la voluntad y la conciencia, en el plano involuntario e inconsciente, por el contrario, se ha puesto al servicio del nuevo poder, que ya no coincide ideológicamente con la Democracia Cristiana y no sabe qué hacer con el Vaticano.
(…)
Lo que más impresiona cuando se pasea por una ciudad de la Unión Soviética es la uniformidad de la muchedumbre: nunca se advierte ninguna diferencia sustancial entre los transeúntes en el vestir, en los andares, en la seriedad, en las sonrisas, en la gesticulación; en suma, en el comportamiento. El «sistema de los signos» del lenguaje físico-mímico, en una ciudad rusa, no tiene variantes, es totalmente idéntico en todos. ¿Cuál es la proposición primera de este lenguaje físico-mímico? Es esta: «Aquí no hay diferencias de clase». Y es algo maravilloso. A pesar de todos los errores y las involuciones, a pesar de los crímenes políticos y los genocidios de Stalin (de los que es cómplice todo el mundo campesino ruso), el hecho de que el pueblo ganara en el 17, definitivamente, la lucha de clases, y lograra la igualdad de los ciudadanos, es algo que produce un profundo y apasionante sentimiento de alegría y confianza en los hombres. El pueblo conquistó la libertad suprema, nadie se la regaló. La conquistó.
Hoy en las ciudades de Occidente ―pero quiero hablar sobre todo de Italia―, al pasear por la calle, también impresiona la uniformidad de la muchedumbre: aquí tampoco se advierte ninguna diferencia sustancial entre los transeúntes (sobre todo si son jóvenes) en el vestir, en los andares, en la seriedad, en las sonrisas, en la gesticulación; en suma, en el comportamiento. Por consiguiente se puede decir que, como en el caso de la muchedumbre rusa, el sistema de signos del lenguaje físico-mímico no tiene variantes, es completamente idéntico en todos. Pero mientras que en Rusia es un fenómeno tan positivo que emociona, en Occidente, en cambio, es un fenómeno negativo y provoca un estado de ánimo que roza el disgusto definitivo y la desesperación.
La proposición primera de este lenguaje físico-mímico es esta: «El Poder ha decidido que seamos todos iguales».
El afán de consumo es un afán de obediencia a una orden no pronunciada. En Italia todos sienten ese afán, degradante, de ser iguales a los demás cuando se trata de consumir, de ser felices, de ser libres, porque tal es la orden que inconscientemente han recibido y «deben» obedecer para no sentirse distintos. Nunca la diversidad ha sido una culpa tan espantosa como en este periodo de tolerancia. La igualdad no se ha conquistado, es una falsa igualdad regalada.
(…)
Una de las principales características de esta igualdad que se expresa en la vida, además de la fosilización del lenguaje verbal (los estudiantes hablan como libros impresos, los chicos del pueblo han perdido la inventiva jergal) es la tristeza. La alegría siempre es exagerada, ostensible, agresiva, ofensiva. La tristeza física de la que hablo es profundamente neurótica. Obedece a una frustración social. Ahora que el modelo social ya no es el de la propia clase, sino otro impuesto por el poder, son muchos los que se ven incapaces de alcanzarlo. Eso les humilla tremendamente. Pondré un ejemplo, muy humilde. Antes el mozo de la tahona, o cascherino, como se llama aquí en Roma, estaba siempre, eternamente, alegre. Era una alegría verdadera, que le chispeaba en los ojos. Iba por la calle silbando y soltando ocurrencias. Su vitalidad era irresistible. Vestía de un modo mucho más pobre que ahora: llevaba los pantalones remendados y la camisa a menudo andrajosa. Pero todo eso formaba parte de un modelo que en su barrio tenía un valor, un sentido. Y él estaba orgulloso. En el mundo de la riqueza tenía, para oponerle, otro mundo igual de válido. Llegaba a la casa del rico con una risa naturaliter anarquista, que lo desacreditaba todo, aunque tuviese una actitud respetuosa. Pero su respeto era el de una persona profundamente ajena. Y lo que de verdad cuenta: esa persona, ese muchacho, estaba alegre.
¿No es la felicidad lo que cuenta? ¿No es la felicidad por lo que se hace la revolución? La condición campesina o subproletaria sabía expresar, en las personas que la experimentaban, cierta felicidad «real». Hoy en día esta felicidad ―con el Desarrollo― se ha perdido. Lo que significa que el Desarrollo no es en absoluto revolucionario, ni siquiera cuando es reformista. Lo único que produce es angustia. Ahora hay adultos de mi edad tan aberrantes que prefieren la seriedad (casi trágica) con que el cascherino lleva hoy su paquete envuelto en plástico, con melena y bigotito, a la alegría «tonta» de antes. Creen que preferir la seriedad a la risa es un modo viril de afrontar la vida. En realidad son unos vampiros que se alegran de que sus víctimas inocentes también se hayan vuelto vampiros. La seriedad y la dignidad son horribles deberes que se impone la pequeña burguesía, y los pequeñoburgueses se alegran al ver que los muchachos del pueblo también se han vuelto «serios y dignos». No se les ocurre que esa es la verdadera degradación, que los muchachos del pueblo están tristes porque han perdido la conciencia de su inferioridad social, dado que sus valores y modelos culturales han sido destruidos (…)
* En Il Mondo, entrevistado por Guido Vergani.
Escritos Corsarios, de Pier Paolo Pasolini. Ediciones del Oriente y del Mediterráneo. Precio: 18 euros.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)





